El sonido metálico de las herramientas se mezcla con el zumbido de las motocicletas que suben y bajan por las calles de San Cristóbal, al suroeste de Venezuela.
En el estacionamiento de su casa, Gerald Josué Duque ajusta un motor con manos firmes y movimientos precisos. Hoy atiende a varios clientes al día, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que apenas reparaba su propia moto, sin imaginar que ese aprendizaje empírico sería la base de un negocio propio.
Gerald regresó a su ciudad natal, después de haber intentado migrar a México. Fue un retorno que no había planificado. “Allá empezamos de cero”, recuerda. Su camino estuvo marcado por la incertidumbre y el esfuerzo constante de adaptarse. Dejar su tierra no fue fácil, pero la experiencia le dejó frutos: resistencia, habilidades prácticas y la certeza de que siempre podía volver a empezar.
Al regresar a Venezuela, enfrentó nuevos desafíos: reintegrarse y reconstruir su proyecto de vida en su propia comunidad. Comenzó a trabajar como mototaxista. Era un trabajo que implicaba recorrer largas distancias a diario, así que su moto requería mantenimiento constante. Para reducir gastos, empezó a arreglarla por su cuenta. Aprendió mecánica de forma autodidacta y, con el tiempo, sus conocimientos empezaron a ser reconocidos por sus compañeros, lo que le permitió ofrecer servicios de reparación a domicilio y ampliar sus oportunidades de ingreso.
Leyenda: Entre motores y herramientas, Gerald aplica los conocimientos que transformaron su experiencia migratoria para crear un medio de vida estable.
Lo que comenzó como una solución cotidiana se transformó, paso a paso, en una oportunidad real de emprendimiento. Al tener claridad del camino profesional que tomaría, participó en talleres comunitarios de formación impartidos por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Fundación FYNAMPIME.
Allí fortaleció conocimientos técnicos y adquirió herramientas que complementaron lo que había aprendido en la calle. “Hay cosas que uno aprende trabajando, pero otras solo te las da el estudio. Ahora puedo hablarle al cliente con más capacidad, con más seguridad”, explica.
Ese proceso, atado a los esfuerzos que hizo con su esposa para ahorrar, le permitieron formalizar su iniciativa y consolidar Mecánica de Motos Duque, un pequeño taller instalado en su propia vivienda, especializado en mecánica y electricidad de motocicletas. “Siempre pensé en trabajar y superarme, pero no imaginaba tener mi propio negocio. Ahora mi emprendimiento va hacia adelante y tengo trabajo”, dice con orgullo.
Hoy, su negocio le brinda estabilidad económica y le permite sostener a su familia. Su progreso se debe a su empuje, determinación y motivación personal por llegar más alto y más lejos. Pero también agradece haber recibido oportunidades que lo impulsaron a seguir creciendo.
Leyenda: Cada reparación es también una forma de aportar a su comunidad y construir futuro desde su lugar de origen.
Los talleres en los que Gerald reforzó sus conocimientos hacían parte de un proyecto de reintegración que benefició a 50 familias retornadas. Esta puerta que se le abrió, aparte de ofrecerle posibilidades para mejorar sus ingresos, tuvo un impacto profundo en su autonomía y en la forma en que se proyectaba hacia el futuro.
“Hoy me siento más preparado para el futuro, más independiente”, afirma. “Siempre se puede aprender algo nuevo. Hay que seguir capacitándose y estudiando lo que a uno le apasiona. Busquen algo que les guste y no se detengan”, agrega.
Después de una experiencia migratoria compleja, Gerald también piensa en su comunidad. Para él, volver ha sido una oportunidad: no solo para reinventarse, sino para poner lo aprendido al servicio de su gente, en la tierra que quiere y cerca de los suyos. Emprender no se trata únicamente de generar ingresos, sino de devolver parte de lo recibido y abrir camino para otros.
Cuando habla del futuro, su voz es firme. “Yo me veo siendo uno de los mejores mecánicos del Táchira”, dice confiado. Su historia refleja cómo, cuando las personas retornan con oportunidades de capacitación y acompañamiento, no solo reconstruyen su vida: fortalecen sus comunidades y transforman la experiencia de la migración en motor de desarrollo.